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En busca y captura de un trabajo en Berlín

Acabo de llegar a Berlín y como muchos otros jóvenes españoles no vengo de paseo, vengo para quedarme. Tengo un grado universitario con algo más de un año de antigüedad y aunque todavía no he recibido el diploma físico (falta la firma del monarca), siento que se está desgastando. Cada día que pasa se humedece un poco y presiento que tras dos contratos de prácticas, de los que he salido bastante decepcionado, puede que termine en papel mojado.
 
Berlín me recibe con una lluvia fina, una especie de calabobos que cae con constancia teutona. El aeropuerto tiene un acrónimo un tanto extraño, TXL. Me pregunto un segundo por qué pero al rato me olvido. Mi enlace es un amigo que vive en Warschauer Straße. Yo lo pronuncio algo así como Uarchauer estrabe. De camino a su casa no paro de leer letreros en voz alta, conglomerados de caracteres indescifrables que me fascinan. Deutsche Telekom. Currywurst. Möckernbrücke. Las paradas del metro son las mejores. Kottbusser. Polizeistation. Servicekraft Gesucht.
 
En España está complicado encontrar trabajo. El ratio de desempleo juvenil de las personas con edades entre 25 y 29 años (yo tengo 26) osciló en 2013 alrededor del 30%. O eso dice Eurostat. También dice que ese ratio fue del 11,9% en la Unión Europea y de solo un 5,6% en Alemania. Quizás por eso me haya venido. Pero ¿en qué condiciones trabajan los jóvenes afortunados que sí encuentran? Pues Eurostat no me lo ha sabido decir pero teniendo en cuenta que España es el país de la UE con un porcentaje mayor de trabajadores con un contrato temporal, la precariedad laboral dentro de mi franja de edad debe ser muy alta. En mi caso lo fue. Para mi sorpresa, estoy a punto de darme cuenta de que la desregulación del mercado laboral no es un asunto exclusivamente español.
 
Aquí en Berlín la palabra de moda entre los jóvenes como yo es minijob, un tipo de contrato de 15 horas semanales con un salario máximo de 450 euros. Supuestamente incentiva la contratación e introduce en el sistema social a personas que normalmente trabajan en ‘negro’. Cuantitativamente hablando es el responsable de que la tasa de desempleo juvenil alemán sea tan baja. Cualitativamente hablando empuja a jóvenes e inmigrantes a entrar en una espiral de trabajo precario. El minijob ahorra al empleador muchas cotizaciones obligatorias, le facilita el despido y exime al empleado de pagar impuestos entre otras cosas. Hasta que aprenda alemán, este es el tipo de trabajo al que voy a aplicar.
 
Lo primero que hago como buen buscador sagaz es rastrear los portales de empleo online. Me llega un recuerdo fugaz de aquel verano en Londres cuando curré varias semanas de repartidor de flyers en Victoria Station y luego en un fast food. El Gumtree. El Craigslist. Ah, la precariedad se edulcora en la anécdota. ¿Te acuerdas de aquellas literas en la pensión de Croydon? Pero esto es Berlín y aquí se mira el Jobbörse que está completamente en alemán. De hecho existe una pestaña en la parte superior para cambiar el idioma a español pero la descripción del trabajo no cambia. Arggg, ¿qué pone aquí? ¿Y aquí? ¿Y aquí? Me siento completamente perdido mientras mi amigo me traduce todo en su alemán B1 con mucha paciencia y me presta su móvil para llamar. La oferta es para limpiar unas oficinas de 6 am a 9 am todos los días. Me imagino con un mono azul y una gorrita empujando un carrito y silbando lo que escucho en el MP3. Pero no va a pasar porque la persona al otro lado del teléfono me dice en un inglés seco que necesito hablar alemán. Llamo a otra oferta donde me contestan en alemán y me cuelgan. Tras otras tres intentonas desisto.
 
Mi amigo me anima a que busque en bares y restaurantes españoles de tapas, muy de moda en Berlín. Al parecer son el clavo ardiendo al que se agarran todos los compatriotas jóvenes que andan pez con el idioma. Buceo en el google maps y localizo varios de ellos. Mañana iré a echar currículos como un loco. Además he contactado con Teresa, una chica de 30 años que lleva tres viviendo aquí. Me explica que para encontrar trabajo es necesario obtener el Anmeldung o empadronamiento. Ella se vuelve ahora a España muy decepcionada y cansada de encadenar minijobs precarios y mal remunerados. Ha trabajado en varios restaurantes como en un mexicano por 5 euros la hora o en un bar por 7 €/h. También ha recibido el Hartz IV, una ayuda destinada a personas que no llegan a un salario mínimo para poder sobrevivir. Pero ya no la percibe, otros españoles tampoco, porque el gobierno no quiere fomentar el llamado ‘turismo social’.
 
Mi jornada de tapas job hunting comienza cerca de la parada de metro de Schlesisches Tor. Allí hay un restaurante español pero cuando pregunto me dicen que no están buscando a nadie. Además muestran mucho interés en mi nivel de alemán a lo que contesto que sí, que sé bastante, mientras me pongo colorado. El lugar es de por sí pequeño y se me hace más pequeño todavía. Cuando salgo a la calle, el aire frío me espabila. No creo que surja nada de aquí pero bien podría haber sido Ignacio B., un gijonés de 24 años que llegó a Berlín hace seis meses en busca de un buen trabajo y que estuvo en este sitio de prueba un mes sin contrato. Tras estudiar Ingeniería eléctrica, la técnica, se vino a Alemania con un nivel A1 de alemán. Ahora su intención es seguir estudiando el idioma hasta lograr un nivel B2 y así optar a un puesto acorde con su formación. Mientras tanto surfea el mundo de los minijobs para sobrevivir. Ahora mismo trabaja en un vietnamita de repartidor a domicilio con un coche. Cobra tan solo 5 €/h pero le merece la pena por las propinas. Además su empleador le paga a medias el techniker krankenkasse o seguro médico obligatorio, cosa que no hacen todos. Le pregunto si le da para vivir con eso.
 
«Sí porque a ver, yo legalmente cobro 450 euros de mi contrato de minijob pero luego trabajo como si tuviera una jornada completa y me lo pagan en negro. Normalmente hago más de 1000 euros. […] Es lo que hay aquí. Al menos hasta que consiga aprender mejor el alemán».
 
Mi segundo lugar de búsqueda de empleo-tapeo me lleva a la zona de Prenzlauer Berg. Voy en busca de un local en concreto pero por el camino me encuentro con otro. El centro de Berlín está colonizado por estos bares y restaurantes. En este caso además hay un cartel en el cristal de la puerta que reza Servicekraft Gesucht! Así, con una exclamación. Entro decidido con mi taco de currículos en la mano. Enseguida llega la primera pregunta. ¿Hablas alemán? Una camarera con acento latino me lo pregunta pero yo le digo que no, que hablo inglés. Ella le traduce al alemán mi respuesta al que parece ser el encargado. Con algo de pena la chica me dice que es imprescindible que hable alemán. Allí es el idioma con el que se comunican.
 
En el siguiente bar de tapas al que voy unos bloques más al norte no parece haber ese problema. De su fachada cuelga una colorida bandera española que aporta un poco de alegría al día nublado que llevo. En la barra atiende Eduardo, un chico de Barcelona que trabajaba de encofrador en la construcción. Hace dos años decidió emigrar a Bremen y luego llegó a Berlín. Todavía no ha aprendido bien el idioma aunque se defiende.
 
Actualmente desempeña 3 minijobs: uno de monitor, otro en un gimnasio y otro en el bar de tapas español. «Trabajar en Berlín está complicado pero esto es como todo. A mi me llega aquí gente buscando trabajo que ni siquiera lleva el currículum encima. Tío, si quieres de verdad encontrar trabajo te levantas a las 8 de la mañana todos los días, te imprimes 100 currículums –te gastas la pasta, es una inversión– y te recorres la ciudad repartiéndolos. […] Yo estoy aquí bien, tengo tres minijobs. Estoy esperando a que pase la crisis en España para volverme, pero mientras tanto, aquí me puedo ganar la vida».
 
En el mismo restaurante trabaja Ignacio G., un chileno de 30 años con una historia increíble. He quedado con él en Alexanderplatz para hablar. Ignacio se dedicaba a la interpretación en su país con cierto éxito. Desde que salió de la universidad no paró de trabajar en una cosa o en la otra, según dice.
 
«Incluso me fui a Europa en una ocasión con mi compañía de teatro. Pero me enamoré de una alemana y me vine para acá. Primero estuvimos viviendo en Italia y desde hace 8 meses en Berlín». Ignacio vive con su novia y trabaja como barman, pese a que no bebe alcohol.
 
«Cuando viajas te adaptas y sales de tu zona de confort. Acabas trabajando de cosas en las que nunca pensaste».
 
Le pregunto por el idioma dado que ha sido mi mayor obstáculo por el momento. «El alemán es complicado. Yo cuando llegué me dije ‘nunca lo voy a aprender’. ¡Nunca!», sonríe. «Pero bueno luego todo es esforzarse. Al mes de llegar conseguí trabajo en el restaurante y me apunté al curso de alemán A1. Ahora cobro 7 €/h con un contrato de minijob, pero sabes, luego hago más horas y me las pagan por detrás. […] La clave es esforzarse, motivarse, moverse… yo estoy contento acá, quizás porque considero que la ciudad me ha tratado bien. Ahora mi objetivo es aprender alemán para trabajar aquí como actor».
 
Mi búsqueda ha llegado a su fin. El idioma ha sido lógicamente mi mayor barrera, sin embargo he conocido a otros jóvenes como Eduardo o Ignacio G. que sin hablar nada de alemán lograron salir adelante, especialmente gracias a los restaurantes de tapas. Otros como Ignacio B. también están en ello. Pero, ¿en qué condiciones? Desde luego con trabajos muy precarios que a la larga pueden desalentar a cualquiera, como le ocurrió a Teresa. Durante estos días, yo podría haber sido uno de ellos pero mi realidad ha sido otra. Mi realidad es otra: por unos días me he metido en la piel de un joven español en busca y captura de trabajo en Berlín.
 

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